Archive for the ‘ Chorrillos ’ Category

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16
ene

Andrés Avelino Cáceres, 15 de enero de 1881.- Escribe: Delfina Paredes Aparicio

Mariscal Andrés Avelino Cáceres e Iglesia de San Pedro (Fotos: Courret Hermanos)

El dia 13 de enero a las diez de la mañana, en el atrio de la Iglesia de San Pedro en el Jirón Azángaro, en Lima, la Orden de la Legión del Mariscal Cáceres rindió homenaje al Mariscal Andrés Avelino Cáceres y a los caídos en las batallas de San Juan y Miraflores el 13 y 15 de enero de 1881. En esos dolorosos episodios, el ejército y pueblo peruanos ofrecieron heroica resistencia para evitar la caída de la capital del Perú.

La Orden de la Legión del Mariscal Cáceres eligió, para tal Acto, ese espacio histórico que nos recuerda un suceso poco divulgado.

El 15 de enero, el coronel Andrés Avelino Cáceres con un reducido número de combatientes, permaneció en la Quebrada de Armendáriz hasta el anochecer y herido, sin municiones, se vio obligado a abandonar el campo de batalla de donde fue conducido a la ambulancia que para atender heridos habían instalado los sacerdotes jesuitas en el convento de San Pedro.

El día 17 llegaron hasta ese lugar soldados invasores preguntando por él. Temiendo que lo tomaran prisionero, tanto los médicos como enfermeros lo negaron. Ante la exigencia de ingresar para cerciorarse, el padre superior de los jesuitas lo escondió en su celda.

 Existe una placa que recuerda ese acontecimiento providencial, merced al que se pudo preservar la vida de quien, desde La Breña, sostendría una campaña heroica de resistencia manteniendo en alto la dignidad de la Patria.

______________


La Orden de la Legión del Mariscal Cáceres ha convocado hoy a esta sencilla ceremonia para conmemorar uno de los acontecimientos más conmovedores ocurridos en defensa de Lima, capital del Perú, los días 13 y 15 de enero de 1881. Constituye pues un acto de admiración al coronel Andrés Avelino Cáceres y de reconocimiento a los sacerdotes jesuitas, protagonistas del hecho.

La noche del 15 de enero de 1881 el terror se había apoderado de la ciudad. No había hogar, establecimiento comercial, institución pública, albergue, convento o templo religioso que ofreciera garantía contra el despojo, el allanamiento, el abuso y la muerte que a su paso dejaba la horda invasora. ¿Era exagerado ese temor? ¿Qué había sucedido para que los habitantes de la tres veces coronada ciudad sucumbieran al espanto?

Una larga cadena de hechos luctuosos, de heroísmos quiméricos, de entregas incondicionales al servicio de la Patria, pero también de mezquina vanidad y hasta de traiciones se habían sucedido desde el 5 de abril de 1879. Pero el repase de los heridos, la invasión de los pueblos, ciudades y villorrios en Tarapacá, Tacna y Arica, estaban a miles de kilómetros de la capital.

Hasta que al amanecer del 13 de enero de 1881 la invasión se hizo presente.

Esa misma noche, un gigantesco incendio se reflejaba en las aguas del Mar de Grau. Y podía ser observado desde distintos lugares de Lima. Producto del saqueo, embriaguez y vandalismo de las tropas invasoras, Chorrillos era presa de la más abominable conducta.

El holocausto había empezado a escasas cuatro horas de iniciada la batalla.

La defensa había sido dirigida por el Dictador Piérola que, contra el criterio de los jefes militares, dispuso una larga línea de catorce kilómetros cubierta por menos de dieciséis mil hombres que dejaba enormes espacios libres.

El Morro Solar –que sí había sido convenientemente equipado– estaba a cargo del General Miguel Iglesias Ministro de Guerra, que comandaba el Primer Cuerpo del Ejército. Luego de un largo trecho sin defensa, estaba el Cuarto Cuerpo del Ejército a cargo del Coronel Andrés Avelino Cáceres. Es por este espacio que ingresa el invasor y empieza a atacar por la retaguardia, sorprendiendo de tal manera que el Coronel Ayarza, también del Cuarto Cuerpo, cree que es Suárez, jefe de la retaguardia quien alevosamente está atacando. Cáceres lo saca de su error. Se entabla una violenta refriega contra el frente y la retaguardia, hasta que la inferioridad en número y armamento le hacen ceder alguna posición. Requiere entonces la intervención de Suárez y su Reserva General, pero éste responde que por órdenes del Dictador no puede hacerlo y que más bien de inmediato debe dirigirse a Chorrillos, como en efecto lo hace.

Cáceres desbordado por el número y armamento del invasor, con su línea totalmente destrozada, y sólo con el apoyo de sus ayudantes recluta doscientos soldados con los que se dirige al Morro, donde se observa aún enfrentamientos. En el camino se encuentra con Suárez, quien le informa que el Morro ya ha sido tomado alrededor de las diez de la mañana cuando Iglesias es apresado. Los enfrentamientos que se observan son de los invasores entre sí por obtener prendas de valor, ropa y hasta botas de los muertos y heridos.

Cáceres no ceja en su empeño y hacia el Morro va, enfrentándose con algunos grupos de la horda devastadora. Providencialmente, llega el Capitán de Fragata Leandro Mariátegui aportando un cañón, y esto da nuevo impulso a su ataque pero el número de invasores se acrecienta minuto a minuto lo que hace inútil prolongar la lucha. En sus Memorias, Cáceres expresa:

“Sin esperanzas de recibir ningún refuerzo y con soldados que comenzaban ya a flaquear, resolví interrumpir el combate. Anochecía el 13 de enero y dí por terminada mi tarea de recoger dispersos en los campos cercanos a Miraflores. Nuestro empeño no fue infructuoso, pues logramos reunir más de dos mil quinientos hombres de los derrotados en San Juan. Las fatigas y emociones del día me hicieron sentir la necesidad de descansar. Desmonté, tendí mi capote en el suelo y me acosté un momento.”

El descanso es breve. Chorrillos es un infierno. La desorganización y embriaguez del ejército invasor despiertan en Cáceres la necesidad de dirigirse allí, con los soldados que ha reunido. El general Silva se entusiasma con la arriesgada tarea que propone Cáceres, la comunica al Dictador y Jefe Supremo Piérola, que la desestima juzgándola irrealizable.

Llega el 15 de enero y la experiencia de los dos días anteriores hacen presagiar lo peor.

Cientos de ciudadanos en Barranco y Miraflores abandonan sus casas para salvar la vida de mujeres, ancianos y niños. Los mayores y aún adolescentes se han enrolado en el esfuerzo final para impedir la afrenta innombrable, la destrucción de la ciudad.

Muchas provincias han acudido a la convocatoria, y miles de indígenas llegados de las serranías empuñarán un arma de fuego por primera vez, o se enfrentarán con una huaraca, una macana o una simple bayoneta.

El 14 de enero y gracias a la intervención decidida del cuerpo diplomático acreditado en Lima, se pacta la suspensión de hostilidades hasta las doce de la noche del 15 de enero.   

Sorpresivamente, a las dos de la tarde del día 15 de enero los invasores inician el ataque.

Nuestro diezmado ejército y el pueblo salen a ubicarse en los emplazamientos que apresuradamente se les había señalado.

Mil páginas de heroísmo se escribieron en los reductos donde artesanos, obreros, mercaderes, médicos, abogados, negociantes, hacendados acudieron para combatir.

Estudiantes y egresados sanmarquinos, conformaron el Batallón Carolino.

Pero la lucha se acentuó en el lado derecho de la defensa, donde Cáceres había acomodado desde el 14, las tropas del Primer Cuerpo del ejército. Con él hizo retroceder dos veces al enemigo, sus jefes no dejaron de batallar sino cuando cayeron muertos como los heroicos marinos Juan Fanning y Carlos Arrieta. El refuerzo de los invasores no se hizo esperar. Una y otra vez los batallones Jauja y Concepción, también rechazaron el ataque que ya se había prolongado hasta la Quebradade Armendáriz. Lo que se necesitaba para hacer retroceder definitivamente al invasor era un refuerzo, pues ya las balas estaban quedando agotadas y los heroicos defensores ofrendaban en grupo sus vidas.

¡Cómo olvidar entonces nombres de los jóvenes sanmarquinos José Torres Paz, Eduardo Lecca y Augusto Bedoya que habían acompañado al héroe desde las batallas de San Francisco, Tarapacá y Tacna! Cáceres recibe un balazo en la pierna y Torres Paz cae muerto.

Como anota Congrains: “Refuerzos, a ello se limitaba la diferencia entre la vida y la muerte, entre la victoria y la derrota”.

Una vez más los refuerzos nunca llegaron. Obedeciendo los comandantes las órdenes del Dictador algunos batallones no soltaron ni un disparo. La noche descendía. En el campo de batalla sólo el postrer gemido de los moribundos se escuchaba. El espectáculo era desolador. Volvemos al relato de Cáceres:

“Quebrantada la resistencia y abrumados por el fuego enemigo ya no fue posible contener la dispersión de mis diezmadas tropas. Solo, con la pierna atravesada por el balazo recibido y mi caballo también herido, hube de abandonar el campo.”

Seguramente, el dolor de la herida le es más llevadero que la frustración de ver aniquilados todos sus esfuerzos, la impotencia infinita de sentir a la Patriadestrozada. Organiza en un esfuerzo supremo la protección de los heridos y muertos, pues todo el campo estaba cubierto de cadáveres que los invasores iban pisoteando. Los temibles corvos invasores iban aniquilando a los caídos. Cáceres avanza dificultosamente entre las sombras, El comandante Zamudio lo reconoce y consigue vendarle la pierna con un pañuelo y alcanzarle un poco de agua en su quepí. Pero Cáceres no admite la derrota definitiva y cuando llega al Parque de La Exposicióny un grupo de soldados se agrupan a su alrededor pidiéndole a gritos ponerse a la cabeza para seguir la lucha, su decisión está tomada, para ello necesita preservar su vida, y el invasor no tardará en buscarlo para hacerlo prisionero. Con ayuda del capitán Barreda se dirige a la ambulancia de San Carlos que está más próxima. La cantidad de heridos es enorme, los médicos apenas se dan abasto.

En su casa de San Ildefonso, Antonia Moreno, su esposa, ha transitado en vilo en estos días. Protege la vida de sus hijas y a medida que pasan las horas crece su agonía temiendo por la vida de Cáceres. Recurre al estimado capitán José Miguel Pérez que comienza a buscarlo por todas las ambulancias. Lo ubica, advierte que las condiciones son precarísimas y tomando todas las precauciones, lo conduce a la enfermería de San Pedro, donde el doctor Belisario Sosa se encarga de su curación. Allí estaban también siendo atendidos sus ayudantes Bedoya y Joaquín Castellanos.

Cuando el 17 ingresan los invasores a Lima empiezan a buscar a Cáceres por todas las ambulancias y puestos de socorro. Llegan a San Pedro. Éste es el relato que él nos deja en el libro de sus Memorias:

“En San Pedro, el personal de servicio negó mi estancia allí, temiendo me tomaran prisionero. Al día siguiente volvieron dos altos jefes diciendo que me querían saludar en nombre del general Baquedano quien me ofrecía toda clase de garantías. El jefe y personal de la ambulancia agradecieron cortésmente el saludo y los invitaron a pasar donde se atendían los heridos, haciéndoles ver que yo no me encontraba en ese lugar. Los jefes chilenos satisfechos con las atenciones recibidas se retiraron. Pero entre tanto se me había ocultado en la celda del Padre Superior; a su bondad y celo debí el no haber sido prisionero del enemigo”.

Así que San Pedro, este espacio que con cariño y gratitud destacamos hoy, no sólo sirvió para cautelar la vida del héroe, sino que contribuyó a que entre sus claustros se fuera gestando en la mente de nuestro héroe la Campaña de Resistencia en La Breña, inmensa tarea a la que convocó a miles de campesinos, soldados, oficiales y jefes que siguiendo su ejemplo, y el de doña Antonia Moreno, orgullo de mujer, lucharon y ofrendaron sus vidas por la dignidad de la Patria.
  
Lima, 15 de enero de 2012 
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16
ene

Manuel González-Prada en las batallas de San Juan y Miraflores contra los genocidas chilenos.- Impresiones de un reservista en enero de 1881

Chorrillos después de la batalla de San Juan librada el 13 de enero de 1881. La ciudad fue arrasada por las bestias genocidas del país del sur.

Impresiones de un reservista (1)
Manuel Gonzalez-Prada


I


En 1880, cuando se organizó la Reserva, fui nombrado capitán de una compañía en el batallón número 50, perteneciente a la novena división mandada por don Bartolomé Figari. Mi coronel era don Federico Bresani, hombre de negocios como el señor Figari (2). Bajo la Dictadura de 1879, los paisanos ejercían las funciones reservadas a los militares (3).


Dos o tres veces por semana, los oficiales del 50 recibíamos instrucción militar. Un profesional nos enseñaba la Táctica del Marqués del Duero, o, mejor dicho, la aprendía con nosotros. Diariamente, nuestra división practicaba ejercicio en la Alameda de los Descalzos y en el camino a la huerta del Altillo. A las tres de la tarde sonaban algunos campanazos en la Catedral, y toda la Reserva se ponía en movimiento. En ventanas y balcones se instalaban las mujeres para ver desfilar a los reservistas, y los reservistas desfilaban con aire marcial y conquistador. Los uniformes azules con visos blancos y las espadas con puño de metal amarillo pasaban en triunfo, bajo la mirada y la sonrisa de las mujeres. Yo, que nunca pude tomar a lo serio los entorchados y que nunca supe medir la distancia del uniforme a la librea, iba cubierto de un sobretodo gris (4).

A los pocos meses de ejercicio, nuestros cachimbos practicaban satisfactoriamente las evoluciones de batallón: hombres despiertos, dóciles y de buena voluntad, no cometieron ninguna insubordinación ni el más leve acto reprensible. Cundía en la Reserva el deseo de rivalizar con la tropa de línea, desacreditada por las derrotas de San Francisco y Tacna.

Corno una sola vez hicimos ejercicio de fuego, la mayor parte de los soldados ignoraba o no conocía muy bien el manejo del rifle. El fogueo se verificó en la Pampa de Amancaes, donde se consumió más sándwiches y licores que pólvora y plomo (5).

Oficiales y soldados fuimos muy exactos en asistir al ejercicio mientras parecía dudoso el ataque a la ciudad; pero desde el día que los invasores desembarcaron en Pisco, el animoso entusiasmo de los reservistas empezó a decaer y siguió decayendo hasta degenerar en un amilanamiento indecoroso. Abundaban los rostros pálidos y las voces temblorosas. Las primeras en amilanarse fueron las personas decentes: ellas, con sus figuras patibularias y sus comentarios fúnebres, sembraron el desaliento en el ánimo de las clases populares. Difundido el miedo y perdida la vergüenza, los hombres se guarecían en las legaciones, en los conventos y en sus propias casas. Hubo necesidad de traerles por la fuerza. Un día, arrogándome facultades supremas, ordené a un sargento que, al mando de una comisión del 50 y sin respetar domicilios ni guardar consideraciones de ninguna especie, “recogiese a la gente”, fuera o no fuera de nuestro batallón. El sargento −don Manuel José Ramos y Larrea− logró traer a muchos; pero no a todos. Regresó narrando cosas inauditas: algunos, al saber la llegada de los comisionados, se fingían enfermos y apresuradamente, sin haber tenido tiempo de quitarse la ropa, se metían en cama; hubo quien, vestido de mujer, se dolía de las muelas y con un barboquejo trataba de esconder mostacho y barbas.

Las esposas, las madres y las hijas se mostraban heroicas en la defensa de sus esposos, de sus hijos y de sus padres. Insultaban a los comisionados, les amenazaban y aun les acometían: en una de las rafles, el sargento recibió un tremendo escobazo. Algunos años después, Ramos y yo nos reíamos al recordar el chichón levantado en su cabeza por el palo de escoba. Mas no todas las hembras carecieron de virilidad espartana: una mujer del pueblo extrajo del escondite a su hombre o su marido y le entregó diciendo:

− ¡Llévense a este maricón!

Con la deserción, no sólo de los soldados sino de los oficiales, los tres batallones de la novena división quedaron reducidos a uno, y yo di el salto de capitán a teniente coronel y segundo jefe del 50. Si la batalla de San Juan se hubiera librado en junio, yo habría concluido por ascender a general de brigada o jefe de estado mayor. A fines de diciembre, los restos de la novena división recibieron orden de acuartelarse en el convento de San Francisco; más no lo efectué yo porque al intentarlo me dijeron que otra persona había sido nombrada en mi lugar.

Algunos días estuve indeciso, no sabiendo qué resolución tomar, cuando recibí orden verbal de constituirme en la batería del Pino, como jefe de la guarnición. Mi coronel había creído prestar mejores servicios alistándose en la Cruz Roja. Muchos pensaron lo mismo.

II


El cerro del Pino está situado a unos dos kilómetros al sur de Lima. Mandaba la batería el capitán de navío don Hipólito Cáceres. La guarnición sumaba unos ciento cincuenta o doscientos hombres pertenecientes a la Reserva, quiere decir, a los batallones enrarecidos y quedados en cuadro: formaba un curioso abigarramiento, donde capitanes y mayores habían descendido al rango de soldados. A la guarnición de reservistas se agregaban unos cuantos oficiales de marina y algunos marineros destinados al servicio de los cañones. No faltaban militares de toda graduación: hasta dos o tres coroneles. De estos, unos dormían en el Pino, otros se iban al cerrar la noche. Ignoro para qué vinieron ni quién les mandó.


El Pino contaba con cuatro piezas: dos buenos cañones Vavasseur que habían pertenecido a la corbeta Unión y dos cañones de montaña.

III


Al amanecer del 13 de enero un cañoneo lejano me anunció la batalla. Veía fogonazos, oía descargas de rifle, sin darme cuenta precisa del combate. Los chilenos atacaban por la izquierda: nada más podía percibirse.


Aclarado el día, disminuyó el cañoneo, mas las descargas de fusil me parecieron aumentar y extenderse en dirección a Chorrillos. Noté que por nuestra derecha, en el morro Solar, se combatía.

¿Qué había pasado? A las nueve o diez de la mañana me convencí de nuestra derrota. Por las inmediaciones del Pino huían soldados dispersos en dirección a Lima. Decidimos detenerlos y engrosar la guarnición de nuestra batería. Varias comisiones salieron a cumplir la orden; mas hubo necesidad de suspenderla para evitar una serie de lucha armadas: los dispersos acabaron por defenderse a tiros. Habría convenido ametrallarles desde los fuertes. Los persas tenían razón de poner a retaguardia de sus ejércitos grandes masas de caballería para detener, chicotear y empujar a los fugitivos.

Los pocos dispersos recogidos y llevados al Pino ofrecían un aspecto lamentable. Algunos pobres indios de la sierra (morochucos, según dijeron) llevaban rifles nuevos, sin estrenar; pero de tal modo ignoraban su manejo que pretendían meter la cápsula por la boca del arma (6). Un coronel de ejército se lanzó a prodigarles mojicones, tratándoles de indios imbéciles y cobardes. Le manifesté que esos infelices merecían compasión en lugar de golpes. No me escuchó y quiso seguir castigándoles.

− Si pone usted las manos en otro soldado −le dije−, tendrá usted que habérselas conmigo.

− Soy −me contestó− un coronel de ejército y usted es un cachimbo.

− Si fuera usted un militar de honor, le repliqué, no se hallaría en la Reserva, sino batiéndose con la tropa de línea.

Refunfuñando me volteó la espalda. Como momentos después nos viéramos cara a cara, me dijo, poniéndome la mano en el hombro:

− Amigo, no hay que sulfurarse... (7)

Nuestros cañones hicieron seis u ocho disparos: uno cayó en un pelotón de caballería chilena, otro en una batería instalada en un montículo. Poseía yo un buen anteojo, y habiéndome colocado tras de una de las piezas, podía seguir la trayectoria del proyectil. Si no recuerdo mal, dirigía los disparos el marino don Manuel Elías Bonnemaison (8). Cuando sentíamos más deseos de seguir bombardeando al enemigo, recibimos orden de suspender los fuegos.

Pasé la mayor parte de la noche sin dormir. Ni del campo ni de la ciudad venía el menor ruido: sobre la carnicería se desplegaba la serenidad imperturbable del firmamento. En medio de un silencio trágico, observaba yo con mi anteojo el lejano incendio de Chorrillos; la belleza de las enormes llamaradas sanguinolentas me hacía olvidar el origen del fuego. De vez en cuando unos como polvorazos y explosiones subían más arriba de las llamas, iluminando el horizonte. Fatigado de rondar, me había sentado en una gran piedra y empezaba a dormir, cuando sentí en la mano el roce de algo húmedo y frío: era el hocico de un perro. ¿De dónde venía ese animal? (9, 10, 11).

El 15, nos hallábamos reunidos los oficiales cuando una descarga de fusilería nos anunció el ataque de los chilenos a los reductos de Miraflores. Algunos oficiales, cogidos de pánico, huyeron a todo escape, bajando el cerro con una agilidad de galgo. Quise ordenar que se les hiciese fuego, mas el jefe del fuerte me lo impidió:

− Deje usted que los cobardes se vayan, me dijo (12).

Era día de un sol magnífico. A pesar de los años trascurridos, veo las masas de tropas chilenas embistiendo los reductos, retrocediendo y volviendo a embestir, por tres o cuatro veces. Diviso aún los reflejos de espadas blandidas por oficiales para detener y empujar a los soldados. Más de un momento me figuré que los enemigos huían en completa derrota; pero desgraciadamente observé que el último reducto de nuestra derecha había sido flanqueado y que algunos batallones de la Reserva eran palomeados en la fuga (13).

Al llegar la noche, todos habían abandonado el Pino, así la tropa como los oficiales. El jefe, antes de seguir el éxodo general, nos encargó a don Eduardo Lavergne y a mí inutilizáramos los cañones.

Sólo quedamos en el fuerte, Lavergne, don José María Cebrián, un hijo de Bolognesi (Federico) y yo. De cuando en cuando sentíamos ruidos que se acercaban a nosotros y se hacían más sensibles en la falda del cerro.

− ¿Quién va?, preguntábamos.

− Batallón número tal de la Reserva, nos respondían.

− ¿Completo?

− Completo.

A las dos de la mañana destruimos los cañones, valiéndonos de la dinamita. Nos encaminamos a Lima: nada había que hacer en el fuerte. Entramos cinco, pues se nos había juntado don Manuel Patino Zamudio después de batirse en un reducto. Al atravesar la población corrimos algún peligro: dos o tres veces nos hicieron fuego. Ignoro si la guardia urbana, por creernos malhechores, o algunos dispersos, por simple mala fe o la pesada broma de asustarnos. No respondimos. Yo iba perfectamente armado: con mi espada, mi revólver y mi Winchester de quince tiros. Para igualarme con Tartarín de Tarascón no me faltaba... (14).

No vi los saqueos de los chinos, y pienso que los autores no fueron los reservistas de Miraflores a quienes pocas horas antes había yo visto desfilar disciplinados y con sus efectivos completos. Saquearon los emboscados, los que no salieron a combatir.

Concluiré con un incidente personal. Me encerré y no salí de mi casa ni me asomé a la calle mientras los chilenos ocupaban Lima (15). Cuando supe que la habían abandonado, quise dar una vuelta por la ciudad. Pues bien, a unos cincuenta metros de mi casa me encontré con un oficial chileno: había sido mi condiscípulo, mi mejor amigo en un colegio de Valparaíso. Al verme, iluminó su cara de regocijo, abrió los brazos y se dirigió a mí con intención de estrecharme. Yo seguí mi camino como si no le hubiera reconocido (16, 17).

Notas

(1) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: A principios de 1915, Juan Pedro Paz Soldán, director del diario limeño La Capital, invitó a algunos combatientes en la guerra con Chile a escribir sus recuerdos personales: González-Prada aceptó, y trazó estas “impresiones”, que vieron la luz con el título de Relato de don Manuel González-Prada. Más tarde quiso ampliar estas reminiscencias; pero sólo refundió los cinco primeros párrafos del relato publicado en La Capital. (Las siguientes cifras dan idea de las proporciones de esta refundición: los cinco acápites iniciales del original impreso suman trescientas palabras; la versión corregida alcanza a cerca de mil quinientas.) El presente texto consta, pues, de dos partes: la primera, inédita; la segunda, publicada. La nota 11 indica el punto de separación entre ambas.

(2) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: Al margen del texto impreso aparece anotada la siguiente variante: “Mi coronel era don Federico Bresani, comerciante como el señor Figari y persona de excelentes cualidades”.

(3) Nota marginal de Manuel González-Prada: Desempeñaba la Comandancia General de la Reserva don Julio Tenaud, un hacendado, y la Jefatura del [ilegible en el manuscrito, Alfredo Gonzalez-Prada] don Juan M. Echenique, algo peor que un hacendado: un militar de salón y alcoba.

(4) Nota marginal de Manuel González-Prada: En los últimos meses de 1880, Lima se había transformado en campamento. Todo era toque de tambores, clangor de trompetas, ruido de sables, galope de caballos y arrastrado de cureñas. Ya pasaba un batallón de línea, ya un pelotón de indios con más aire de ovejas que de tigres, ya un regimiento de caballería, ya una brigada de artilleros. Abundaban las plumas blancas, las charreteras doradas y los quepís rojos.

(5) Nota marginal de Manuel González-Prada: Tuvo más de francachela que de preparación al combate.

(6) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: En el texto publicado aparece aquí la siguiente frase, suprimida en la refundición inédita: “Detalle ignominioso: mujeres estacionadas en las afueras de Lima, golpeaban y desmontaban de los caballos a los fugitivos”.

(7) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: Este diálogo, desde donde dice “No me escuchó...”, etc., está tachado en el manuscrito. Creemos de interés contravenir la voluntad del autor.

(8) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: El recuerdo del autor es exacto, y está corroborado por don Manuel de Elías Bonnemaison en el reportaje que le hizo un redactor de Mundial de Lima y publicado en esa revista el 7 de octubre de 1921. Preguntado el señor Elías Bonnemaison (guardiamarina en el Huáscar durante el combate de Angamos) sobre su actuación posterior en la campaña terrestre, contesta:

“−...fui destinado a la fortaleza del Cerro del Pino, asistiendo a la batalla de Miraflores.

− ¿Recuerda usted algunos incidentes de la batalla?

− Sí. Tengo algunos recuerdos que me llenan de dolor patriótico, pero sobre los cuales conviene más no hablar. Era mi jefe inmediato ese gran espíritu que fue don Manuel González-Prada”.

(9) Nota marginal de Manuel González-Prada: Comprendí al Nerón de la leyenda. También comprendí al Byron del epitafio a Boatswain.

(10) Nota marginal de Manuel González-Prada: Sentí algo nuevo: la inquietud de que tal vez saldría herido o perdería la vida. Mas el papel ridículo de los amilanados produjo en mi una reacción saludable: el miedo de los otros me infundió ánimo. Desde aquel momento me tuve por condenado a morir dentro de breve plazo; sin embargo, una voz interior me anunciaba que yo... [Inconcluso en el manuscrito, Alfredo Gonzalez-Prada]

(11) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: Aquí termina la parte inédita y ampliada, como explica la nota 1. Lo siguiente es copia del recorte impreso, alterado per el autor con algunas enmiendas e interpolaciones.

(12) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: Al margen del recorte, el autor ha escrito los nombres de algunos de esos oficiales. Nos limitaremos a indicar las iniciales: D.I.C., T.C., M.C., y un oficial apellidado R.

(13) Nota marginal de Manuel González-Prada: Recuerdo una gran pluma blanca balanceándose en la cabeza de un jinete que con gran velocidad galopaba hacia Lima. De pronto se detiene, retrocede y huye en sentido contrario: era probablemente algún general.

(14) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: Inconcluso. La última parte de este párrafo, desde donde dice: “Ignoro si la guardia urbana...” etc., es una interpolación al texto publicado.

(15) Nota marginal de Manuel González-Prada: No quería ver la insolente figura de los vencedores.

(16) Nota marginal de Manuel González-Prada: Las cosas me ofrecían un aspecto raro; los amigos me eran indiferentes. Era yo otro hombre. Todo mi pasado había muerto.

(17) Nota de Alfredo Gonzalez-Prada: Al margen del recorte, el autor ha escrito estas palabras: “Vanidad, ineptitud y cobardía”.

Fuente

González-Prada, Manuel. 1985. El tonel de Diógenes, en Obras, Tomo I, volumen 2, Lima: Ediciones Copé, 1985 pp. 37-44.

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14
ene

El Holocausto de Chorrillos.- Ni olvido ni perdón para los asesinos, violadores, saqueadores e incendiarios chilenos.- 13 de enero de 1881 – 13 de enero de 2014

El Morro Solar fue el último bastión de la resistencia peruana. Los heroicos defensores de Lima combatieron desde la madrugada hasta las dos de la tarde del 13 de enero de 1881. Media hora después, a las 2:30 p.m., los invasores chilenos ingresaron a Chorrillos y dieron inicio a la masacre, violaciones, saqueo e incendio de la villa.

El Holocausto de Chorrillos
Escribe: César Vásquez Bazán

1.  Chorrillos en 1868, años antes de la masacre, saqueo y destrucción perpetrados por los genocidas chilenos.- Fotografías de Courret Hermanos

2.  Chorrillos destruído en enero de 1881 por los genocidas chilenos.- Peruano: Nunca olvides de lo que fueron capaces nuestros vecinos del sur.- Chileno: Toma conciencia de los crímenes de guerra cometidos por tu país

3.  “El Comercio” de Guayaquil informa sobre fusilamiento de prisioneros peruanos tras las batallas de San Juan y Miraflores.- Edición del 26 de enero de 1881 da cuenta de los crímenes de guerra ejecutados por los genocidas chilenos

4.  Periódico prochileno “El Cronista” de Panamá informó sobre el criminal incendio de Chorrillos, Miraflores y Barranco por los genocidas del sur.- Bestias invasoras chilenas arrasaron con poblaciones civiles de Lima

5.  La masacre chilena de los trece bomberos italianos de Chorrillos.- Criminales de guerra del país del sur asesinaron a los mártires el 14 de enero de 1881, un día después de la batalla de San Juan

6.  “New York Times” informa sobre masacre chilena de los trece bomberos italianos.- Diario da cuenta de la carnicería y devastación efectuados por los criminales de guerra chilenos en Chorrillos

7.  El Holocausto de Chorrillos.- Miembro del estado mayor chileno describe la carnicería, saqueo y devastación de Chorrillos por los genocidas del sur.- Baquedano ante la matanza y el incendio: “¿Qué puedo hacer yo?”

8.  Subteniente chileno describe la matanza, saqueo e incendio de Chorrillos.- Repase de heridos, fusilamiento de prisioneros, violaciones, robo, destrucción e incendios generalizados.- Tufo racista de la soldadesca chilena

9.  Corresponsal del diario chileno “El Mercurio” informa sobre el Holocausto de Chorrillos

10.  Comandante del regimiento chileno Atacama, don Diego Dublé Almeida, relata el Holocausto de Chorrillos

11.  Cabo chileno del Regimiento Chillán relata Holocausto de Chorrillos.- Hipólito Gutiérrez confirma que se prendió fuego “a todas las casas, a todo el pueblo...”

12.  ”La atmósfera adquirió el olor de los cuerpos quemándose y de la sangre caliente, y el olor de la pólvora y el humo provenientes de las casas que se incendiaban...” Espía chileno Holger Birkedal sobre el Holocausto de Chorrillos

13.  “Los chilenos asaltaron el negocio de un italiano... Trataron de insultar a la esposa del dueño... Éste se interpuso… La quiso arrancar del poder de los soldados… Una bala puso fin a sus días. ¿Qué fue de la mujer? Hay cosas que da asco referirlas. Insultada, maltratada, disputada a golpes, dejó de existir y su cadáver seguía siendo profanado por aquellas bestias…” Coronel Miguel Valle Riestra relata Holocausto de Chorrillos
http://cavb.blogspot.com/2012/01/los-chilenos-asaltaron-el-negocio-de-un.html

14.  “Los palacios fueron dinamitados, mujeres perseguidas por soldados corrían por las calles casi desnudas y sin aliento, luego serían violadas; los hombres asesinados sin misericordia, los niños reventados a puntapiés o estrellados contra las paredes”.- Ni olvido ni perdón para los chilenos responsables del Holocausto de Chorrillos
http://cavb.blogspot.com/2012/01/los-palacios-fueron-dinamitados-mujeres.html

15.  “El anciano médico inglés doctor MacLean, fue asesinado vilmente, la casa del embajador británico fue arrasada, así como la iglesia; la ciudad fue completamente destruida”.- El historiador inglés Markham y el Holocausto de Chorrillos
http://cavb.blogspot.com/2012/01/el-anciano-medico-ingles-doctor-maclean.html

16.  “No hubo más remedio para rendir a los peruanos que aplicar la tea incendiaria a esos ricos edificios de Chorrillos; la ciudad ardió por todas partes, no ha quedado allí piedra sobre piedra”.- Salvador Donoso, capellán del ejército de Chile, justificó el Holocausto de Chorrillos
http://cavb.blogspot.com/2012/01/no-hubo-mas-remedio-de-rendir-los.html

17.  “Hay orden de poner todo a sangre y fuego, Chorrillos, Barranco, Miraflores y Lima... Nosotros quemamos, el Perú paga”
http://cavb.blogspot.com/2012/01/hay-orden-de-poner-todo-sangre-y-fuego.html

18.  Honor y Gloria a los Heroicos Defensores de Lima en 1881.- 131 Aniversario de la Batalla de San Juan: 13 de enero de 1881 - 13 de enero de 2012.- Viva el Perú!
http://cavb.blogspot.com/2012/01/honor-y-gloria-los-heroicos-defensores.html

19.  Los Heroicos Defensores de Lima en el recuerdo.- Acuarelas de la Batalla de San Juan por Rudolph de Lisle.- 13 de enero de 1881 - 13 de enero de 2012.- Viva el Perú!

http://cavb.blogspot.com/2012/01/los-heroicos-defensores-de-lima-en-el.html

20.  Los Mártires Peruanos de la Batalla de Miraflores que ofrendaron su vida defendiendo Lima el 15 de enero de 1881.- Ni olvido ni perdón para los genocidas y criminales de guerra chilenos
http://cavb.blogspot.com/2012/01/los-martires-peruanos-que-ofrendaron-su.html

© César Vásquez Bazán, 2012
Enero 8, 2012
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13
ene

Fotos de Chorrillos antes y después de la barbarie chilena de enero de 1881.- Balneario limeño destruído por los genocidas y saqueadores chilenos.- Peruano: Nunca olvides los crímenes de guerra de la "Hermana" República del sur.- Chileno: Toma conciencia de las atrocidades cometidas por tu país durante la Guerra del Salitre y por las que tendrás que dar cuenta

Recopilación: César Vásquez Bazán

CHORRILLOS ANTES DE LAS ATROCIDADES CHILENAS
Chorrillos en 1868, años antes de la masacre, saqueo y destrucción perpetrados por los genocidas chilenos
Fotografías de Courret Hermanos


Haga clic sobre las imágenes para ampliarlas en nuevas ventanas.

Vista general de Chorrillos

Plaza e Iglesia de Chorrillos antes del bombardeo por los genocidas chilenos, enero de 1881

Malecón de Chorrillos y Bajada a los Baños de Agua Dulce, 1868 (Foto: Courret Hermanos)

Plaza y Hotel de Chorrillos


Jardín interior del rancho en Chorrillos del presidente José Antonio Pezet, 1868 (Foto: Courret Hermanos)

Malecón de Chorrillos, 1868 (Foto: Courret Hermanos)

Malecón de Chorrillos

Malecón y Glorieta de Chorrillos

Malecón de Chorrillos (Foto: Courret Hermanos)

Malecón de Chorrillos y Bajada a los Baños de Agua Dulce, 1868 (Foto: Courret Hermanos)

CHORRILLOS DESPUÉS DE LAS ATROCIDADES CHILENAS
Chorrillos en enero de 1881, tras la masacre, saqueo y destrucción perpetrados por los genocidas chilenos
Los criminales de guerra chilenos masacraron a la población de Chorrillos. Asaltaron, saquearon, incendiaron y destruyeron este famoso balneario de América del Sur, el cual quedó en las condiciones que se aprecian en la fotografía.

Plaza e Iglesia de Chorrillos destruídos por los genocidas chilenos, enero de 1881

Calle Lima reducida a escombros por los genocidas chilenos, enero de 1881

Destrucción en la Calle El Pellizco (hoy Bolognesi)

Calle Lima reducida a escombros por los genocidas chilenos, enero de 1881

Malecón de Chorrillos destruído por los genocidas chilenos, enero de 1881

Malecón de Chorrillos destruído por los genocidas chilenos, enero de 1881

Malecón de Chorrillos destruído por los genocidas chilenos, enero de 1881

Monumento a Cristóbal Colón decapitado por la barbarie chilena, enero de 1881. Estaba ubicado en las Cuatro Esquinas de Chorrillos. 

Rancho de propiedad del presidente José Antonio Pezet arrasado por los genocidas chilenos, enero de 1881

Rancho Derteano arrasado por los genocidas chilenos, enero de 1881

Rancho Derteano arrasado por los genocidas chilenos, enero de 1881

Escombros de una calle de Chorrillos ocasionados por los genocidas chilenos, enero de 1881


Calle de Chorrillos reducida a escombros por las bestias chilenas, enero de 1881


Otro ángulo de la destrucción cometida por los invasores chilenos en la calle Lima, enero de 1881
  
Escombros de una calle de Chorrillos ocasionados por los genocidas chilenos, enero de 1881

Escombros de una calle de Chorrillos ocasionados por los genocidas chilenos, enero de 1881

Escombros de una calle de Chorrillos ocasionados por los genocidas chilenos, enero de 1881

 Escombros de una calle de Chorrillos ocasionados por los invasores chilenos, enero de 1881

Chorrillos en  escombros, destrucción originada por las bestias chilenas, enero de 1881

Bajada a los Baños de Chorrillos, enero de 1881

Ferrocarril inclinado de Chorrillos (Funicular)
  Invasores chilenos tras la Batalla de San Juan

 Invasores chilenos tras la Batalla de San Juan

Invasores chilenos tras la Batalla de San Juan

Diciembre 23, 2011

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13
ene

Saqueo de Chorrillos, Barranco y Miraflores por la "hermana" República de Chile.- "Hay orden de poner todo a sangre y fuego. Nosotros quemamos, el Perú paga".- Tomás Caivano relata el Holocausto de Chorrillos.- Chile: País ladrón y carente de vergüenza

Escribe: César Vásquez Bazán
“A las dos de la tarde todo había concluido también en el Morro Solar… Menos de media hora después los chilenos invadieron las desiertas calles de Chorrillos”. Luego de quince días, ésta era la vista que presentaba la cumbre del Morro de Chorrillos (Acuarela de Rudolph de Lisle).

Una de descripciones más completas y detalladas del Holocausto de Chorrillos se encuentra en la Historia de la Guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia, obra del historiador italiano Tomás Caivano. El extenso trabajo de Caivano que citamos en este post fue publicado en la ciudad de Iquique en el año 1904. 

En el tomo segundo, capítulo segundo, Caivano relata la Batalla de San Juan y la destrucción de Chorrillos. Son sesenta páginas que deberían ser de lectura obligatoria para todo peruano que se estime como tal. Publicamos a continuación una selección de dicho capítulo, a la que bien podría denominarse la Historia del Holocausto de Chorrillos.




















Fuente

Caivano, Tomás. 1904. Historia de la Guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia. Iquique: Librería Italiana Baghetti Hermanos, Tomo Segundo, pp. 62-80.

Enero 8, 2012


Lea aquí todos los artículos sobre el Holocausto de Chorrillos
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13
ene

Tremendos raterazos los genocidas chilenos.- Arrebatan relojes, dinero y cuanto tienen de valor a los combatientes peruanos caídos en la Batalla de San Juan.- Lo primero que hacen los ladrones sureños es quitarles las botas.- Exembajador chileno Joaquín Godoy (el "amigo" de Mariano Ignacio Prado) y cónsul Rivadeneyra recorren las calles de Chorrillos, identificando los ranchos a desvalijar y disponiendo su posterior destrucción.- Corresponsales Julio Octavio Reyes y Ernesto J. Casanave informan sobre saqueo, destrucción y genocidio ejecutados por el enemigo chileno en Chorrillos.- Testimonio apareció en el último diario peruano publicado en Lima, tras la Batalla de San Juan

Escribe: Julio Octavio Reyes
Diario de la Campaña del viernes 14 de enero de 1881, último diario peruano publicado en Lima, tras la Batalla de San Juan y un día antes de la Batalla de Miraflores (Ahumada 1982, V: 98)


Saqueo, destrucción y genocidio ejecutados por los criminales de guerra chilenos en Chorrillos

“La guerra que nos hacen hoy los chilenos es la misma que nos han hecho siempre.

Ayer, poco después de haber ocupado Chorrillos, saquearon los pocos establecimientos al por menor que allí existían, especialmente las pulperías y chinganas.

Los soldados se embriagaron y cometieron las iniquidades de siempre, de tal modo, que hasta sus mismos jefes se avergonzaban de los hechos.

Poco después de las tres de la tarde principiaron a saquear los ranchos y en seguida a incendiarlos.

Los de los señores Tenderini, Canevaro, General Pezet, fueron los primeros que desaparecieron.

Embajador chileno Joaquín Godoy dirigió el saqueo de Chorrillos

“En Chorrillos y como cicerones para dirigir los incendios, se encuentran los señores Godoy (explenipotenciario de Chile en Lima) y Rivadeneyra, que desempeñó el consulado general de la misma república. Ambos personajes son ya harto conocidos del país.

Estos caballeros recorren las calles examinando las placas que tienen los ranchos y son por decirlo así, los instigadores.

Genocidas chilenos roban a los soldados peruanos caídos en la Batalla de San Juan

“Los chilenos, al tomar a nuestros prisioneros, les arrebataron los relojes, dinero, y cuanto tenían de valor.

Lo primero que hacían era quitarles las botas.

He allí una guerra verdaderamente calabresa.

Fuente chilena

Ahumada, Pascual. 1982. Guerra del Pacífico. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, Tomo V.

Septiembre 14, 2013
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12
ene

Isabel Allende resume la carnicería ejecutada por Chile en la ciudad de Chorrillos a partir del 13 de enero de 1881

Escenas de la destrucción de Chorrillos a manos del ejército chileno, mediados de enero de 1881

“Una parte de la población civil [de Lima] había huido y las familias pudientes buscaron seguridad en los barcos del puerto [del Callao], en los consulados y en una playa [Ancón] protegida por marinería extranjera, donde el cuerpo diplomático había instalado carpas para acoger a los refugiados bajo banderas neutrales. Los que se quedaron para defender sus posesiones habrían de recordar para el resto de sus vidas las escenas infernales de la soldadesca [chilena] borracha y enloquecida de violencia. Saquearon y quemaron las casas, violaron, golpearon y asesinaron a quien se les puso por delante, incluyendo mujeres, niños y an­cianos...” (Allende 2002, 132).

Obra citada

Allende, Isabel. 2002. Retrato en Sepia. Rayo. Una rama de HarperCollins Publishers.

Enero 26, 2013
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12
ene

Genocidas chilenos en Chorrillos: "Aquello era un infierno, destrozos de todo género, muebles despedazados, cadáveres y heridos tanto chilenos como peruanos, casas que principiaban a incendiarse, soldados ebrios que salían de los almacenes, caballería nuestra que atravesaba las calles a escape".- Diego Dublé Almeida, comandante del regimiento chileno Atacama, relata el Holocausto de Chorrillos.- Chile: País ladrón y carente de vergüenza

Escribe: César Vásquez Bazán
Calle de Chorrillos reducida a escombros por las bestias chilenas en enero de 1881


“...La matanza en pos de la matanza, la embriaguez del alcohol en pos de la sangre calcinada, grupos de soldados de todos los cuerpos que habían tomado parte en el asalto se entregaban, al caer la noche, a brutal orgía, arranque de nuevos y más dolorosos sacrificios... La noche de Chorrillos será de todos modos una fecha lúgubre en la historia de la república [de Chile].”
Benjamín Vicuña Mackenna

En su diario de campaña, el primer jefe del batallón Atacama, Diego Dublé Almeida, calificó los actos del ejército chileno en Chorrillos como un infierno y un vértigo. Incluyó en su relato la mención de los cadáveres y heridos (que luego serían repasados), silbidos de balas, destrozos de todo género, casas que principiaban a incendiarse, almacenes asaltados, puertas y ventanas destrozadas, muebles despedazados… Dublé Almeida concluye: “Aquello era terrible y producía mayor efecto moral que la vista de un campo de batalla”.

Añadimos nosotros que los actos descritos por el comandante Dublé del Regimiento Atacama constituyen crímenes de guerra cometidos por el ejército de Chile. 

El Holocausto de Chorrillos se inició la tarde del 13 de enero de 1881 y se desarrolló durante varios días.

Fuente chilena

Vicuña Mackenna, Benjamín. 1881. Historia de la Campaña de Lima 1880-1881. Santiago de Chile: Rafael Jover Editor, pp. 1019-1021.

© César Vásquez Bazán, 2012 
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12
ene

"Bombardear Chorrillos y reducir toda la población a cenizas".- Las bárbaras órdenes del comandante en jefe de la escuadra chilena, el criminal de guerra Galvarino Riveros

Escribe: César Vásquez Bazán
Chorrillos el 6 de abril de 1880. La escuadra pirata chilena que invadió el Perú en noviembre de 1879 se propuso desde un principio destruír este balneario.
(Ilustración de Gerard de Lisle)

El 21 de septiembre de 1880, el contralmirante Galvarino Riveros, comandante en jefe de la escuadra de la “hermana” República de Chile, ordenó a J. J. Latorre, comandante del blindado invasor Almirante Cochrane, dirigirse a Chorrillos “con el objeto de bombardear esa población hasta reducirla toda ella a cenizas respetando sólo aquellos edificios que enarbolen banderas de la Cruz Roja”.

La orden fue cumplida el día siguiente, 22 de septiembre, entre las 12:45 y las 4:45 de la tarde. Según el parte del criminal de guerra chileno Latorre, el Almirante Cochrane disparó 82 granadas sobre Chorrillos, de las cuales, aparentemente, sólo trece cayeron dentro de la población. 

La orden y el parte informando sobre su cumplimiento, escritos por ambos criminales de guerra chilenos, pueden leerse en el Boletín de la Guerra del Pacífico, publicación del Ministerio de Guerra de Chile (Santiago: Editorial Andrés Bello, 1979, página 806).

Instrucciones para reducir Chorrillos a cenizas. Fueron impartidas por el cobarde criminal de guerra Galvarino Riveros, comandante en jefe de la escuadra chilena, el 21 de septiembre de 1880.

Parte del criminal de guerra chileno J. J. Latorre, comandante del blindado invasor Almirante Cochrane

Marzo 31, 2012
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12
ene

"El anciano médico inglés doctor MacLean, fue asesinado vilmente, la casa del embajador británico fue arrasada, así como la iglesia; la ciudad fue completamente destruida".- El historiador inglés Markham y el Holocausto de Chorrillos

El saqueo de Chorrillos
Escribe Clements R. Markham
Escombros de una calle de Chorrillos ocasionados por los genocidas chilenos, enero de 1881


"Como de costumbre. los chilenos no dieron cuartel y pasaron por la bayoneta no sólo a todos los heridos, sino también a indefensos civiles. El anciano Dr. MacLean, respetado médico inglés de larga residencia en Lima, fue asesinado en forma vil. Rápidamente los saqueadores chilenos prendieron fuego a las casas; la ciudad fue incendiada en medio de las más horribles escenas de masacre y rapiña. Terrible como fueron las atrocidades ejecutadas por los chilenos durante el día, no fueron nada en comparación con los horrores que cometieron por la noche. Como no había más peruanos ni peruanas para asesinar, los salvajes borrachos se enfrentaron entre ellos mismos. No menos de cuatrocientos fueron muertos de esta manera, combatiendo con furia sin sentido, o quemados por las llamas que los propios chilenos habían iniciado. La sed de sangre era insaciable; se escucharon disparos en todas direcciones a través de la noche. Las banderas extranjeras, izadas en protección de las casas de los neutrales, fueron derribadas; teas incendiarias fueron aplicadas a las partes más inflamables de los edificios, en medio de bromas obscenas y carcajadas de ebriedad. La casa del embajador británico fue arrasada, así como la iglesia. La ciudad fue completamente destruida".

Obra citada

Markham, Clements R. 1882. The War Between Peru and Chile. Londres: Sampson Low, Marston, Searle, y Rivington, p. 252.

Enero 7, 2012